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Canning: la joya que brilla por sus vecinos y se apaga por la ausencia del Estado

Canning es, sin discusión, la joya de la zona sur. Un lugar elegido para vivir solo o en familia, con desarrollos inmobiliarios que no paran de crecer, locales cada vez más sofisticados, una escena gastronómica que compite con cualquier polo urbano consolidado y una identidad arquitectónica pensada desde cero. Nada fue casual. Canning se construyó por la visión de familias y desarrolladores que entendieron antes que nadie el potencial de este territorio.

Pero como suele pasar, no todo lo que brilla es oro.

Canning vive una paradoja tan elegante como incómoda. Es uno de los lugares más deseados para vivir y, al mismo tiempo, uno de los más abandonados en términos de gestión pública. Dividido entre Ezeiza y Esteban Echeverría, con el corredor verde rozando San Vicente, el territorio queda atrapado en una tierra de nadie administra en su totalidad. Todos se benefician de su crecimiento, pero ninguno parece hacerse cargo del todo.

El resultado es evidente y, sobre todo, indignante. Calles destruidas que los propios vecinos deben arreglar con colectas, como ocurre en Juana de Arco. Cortes y microcortes de energía constantes que afectan a familias, comercios y profesionales, sin que ningún municipio levante la voz con la firmeza necesaria frente a las empresas proveedoras. Reclamos que rebotan de un despacho a otro mientras el problema sigue intacto.

A esto se suma una fragmentación aún más profunda puertas adentro. Canning está conformado en gran parte por barrios cerrados y countries que funcionan como pequeños microestados, cada uno con sus reglas, sus autoridades y sus límites. Cuando surge un conflicto que excede lo interno, el vecino queda desprotegido, sin una instancia superior clara a la cual recurrir. El Estado, simplemente, no aparece.

Y sin embargo, Canning funciona. Funciona porque la comunidad empuja. Porque los vecinos organizan, financian, gestionan y resuelven lo que debería ser responsabilidad de los intendentes. Porque hay compromiso, pertenencia y una conciencia colectiva que suple la falta de políticas públicas reales. Canning no avanza gracias a la política, avanza a pesar de ella.

La pregunta entonces deja de ser retórica y se vuelve urgente: ¿Canning es de todos o es de nadie? Hoy, la respuesta parece clara. Canning es de sus vecinos. De quienes pagan impuestos, invierten, trabajan y sostienen el territorio todos los días.

Por: Felipe Sanchez Sorondo

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