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La ruta no perdona lo que la cultura vial nunca aprendió

El reciente siniestro en el cruce de la Ruta 58 y Rivadavia no es un hecho aislado. Es la consecuencia predecible de décadas de infraestructura deficiente, excesos de velocidad naturalizados y una alarmante cultura de la impunidad al volante.

Cuando el impacto sacudió la intersección de la Ruta 58 y Rivadavia, la comunidad de Canning no se sorprendió. Preocupación, indignación y dolor fueron las reacciones inmediatas, pero no la sorpresa. Este cruce, al igual que gran parte del corredor sur del conurbano, sintetiza años de abandono estatal y desidia institucional: luminarias apagadas, señalización inexistente y un caudal vehicular que no para de crecer mientras la infraestructura sigue congelada en el tiempo.

Este último hecho vuelve a poner sobre la mesa una realidad que las estadísticas nacionales gritan con crudeza. Solo durante el año 2024, las calles y rutas argentinas se cobraron la vida de más de 4.027 personas; lo que se traduce en 11 muertes diarias, o una pérdida irreparable cada dos horas.

Más preocupante aún es la paradoja que nos dejó el año 2025: a pesar de que la cantidad de siniestros graves experimentó una baja del 12,8%, la tasa de mortalidad por accidente aumentó un 22% respecto al año anterior. ¿Qué nos dice esto? Que hoy se choca menos, pero se mata más. La velocidad y la violencia con la que se transita se han intensificado a niveles alarmantes.

El factor estructural y la falla cultural

Sería un reduccionismo cómodo responsabilizar únicamente al asfalto deteriorado o a las fallas de gestión, aunque la culpa estatal exista y sea severa. Quienes transitamos la Ruta 58 de noche conocemos perfectamente el peligro que representan sus tramos a oscuras, la falta de demarcación histórica y las banquinas que desaparecen. Las rutas provinciales de la zona sur acumulan deudas estructurales que exigen una demanda firme y constante a los municipios y a la provincia.

Sin embargo, la infraestructura deficiente solo construye el escenario; no toma las decisiones. El semáforo en amarillo acelerado como si fuera luz verde, el cruce en rojo «porque no viene nadie» y el exceso de velocidad constante no son fallas del entorno: son fallas culturales profundamente arraigadas en nuestra sociedad. El dato de que casi el 50% de los siniestros fatales en rutas nacionales y provinciales se produzca por la invasión del carril contrario al adelantar es categórico. No es la ruta la que decide avanzar a ciegas; es el conductor.

El tamaño del vehículo y la percepción de impunidad

Dentro de esta crisis de conducta, es imposible soslayar un fenómeno que se ha acentuado en nuestras rutas y autopistas: el comportamiento asociado al segmento de las camionetas medianas y grandes. En el centro de este debate público —y con fuerte eco en las redes sociales— la Volkswagen Amarok ha quedado en el ojo de la tormenta.

Es imperativo aclarar que no estamos ante un vehículo mecánicamente peligroso; cuenta con tres estrellas en Latin NCAP y el aval técnico de CESVI en 2024. El problema no es la ingeniería, sino la psicología del volante. La combinación de gran porte, potencia y altura parece proyectar en cierto perfil de conductor una peligrosa sensación de blindaje e impunidad.

Casos como el ocurrido en enero de 2026 en la Ruta Provincial 11 —donde un conductor continuó realizando maniobras temerarias y a alta velocidad tras haber sido explícitamente multado kilómetros atrás, terminando incrustado contra un vehículo detenido— demuestran que el llamado «Amarokí» de las redes no describe a un vehículo, sino a un síntoma cultural. Es el reflejo de quien cree que el tamaño de su rodado le otorga prioridad absoluta y el derecho de circular por la banquina o adelantar en curvas.

Un compromiso bidireccional

El corredor verde de Canning necesita, con urgencia, respuestas institucionales. Desde nuestro rol periodístico seguiremos señalando, documentando y exigiendo las obras públicas, radares y luminarias que faltan.

Pero las obras no educan. La solución de fondo demanda un examen de conciencia individual y colectivo. Implica bajar la velocidad aunque no haya un control fotográfico, ceder el paso, respetar las normas y dejar de normalizar o justificar las maniobras que ponen en riesgo la vida del otro.

El dolor en la Ruta 58 debe interpelarnos. El asfalto y las rutas no matan por sí solas; las manejamos nosotros.

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